Me enamoré de aquel coche blanco desde el momento en que lo vì, viajé mucho con él, intentaba cuidarlo aunque reconozco que corría, disfrutaba corriendo.

En uno de mis viajes, mientras escuchaba música, un pilotito se encendió: la presión de los neumáticos, el coche necesitaba aire, me sentí mal por no haber cuidado que lo tuviera equilibrado. Comprobé la presión de cada neumático y me di cuenta de lo que amaba mi coche, de lo afortunada que era por tenerlo.

Esta misma tarde, me monté en él como de costumbre. Ya había nieve y quizá la presión de las ruedas había vuelto a desequilibrarse, no sé en qué momento perdí el control del coche, se me fue, frené y no logré conseguir evitar que cayéramos al vacío. Aún sigo cayendo con él por este precipicio y no sé a donde llego.

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