Trabajando en una fábrica de chuches, un día me quedé encerrada durante toda la noche; fue ahí cuando me dí cuenta de que los dulces también tienen sentimientos, hablan, se mueven…

Conocí una piruleta, de estas rojas con forma de corazón a la que le faltaban varios pedazos pero a ella no le parecía importar demasiado: iba sonrientes, feliz… Luego me topé con unos bombones que se habían pegado el uno al otro y estaban de lo mas contentos. Había también unas gominolas deformadas pero a las que disfrutaban y lo que menos le importaba era su tamaño o forma.

Cuando amanecí me encontré con un caramelo apenado porque no le gustaba el nuevo envoltorío que le habían asignado, era según él :de un color horrible, con letras demasiado grandes, sin nigún atractivo para la vista de los niños o adultos, sin esa forma de lazo que hacía tanta gracia y llamaba la atención… Parecía haberse olvidado de que seguía siendo aquel caramelo con ese sabor único e irresistible; no recordaba que su olor atraía mas que un simple papel que al final acabaría en la basura, se olvidó de su nombre tan conocido y premiado en varias ocasiones, de su reputación…

Lástima de aquel caramelito, no hagas tú lo mismo; vale mas el contenido que un trozo de papel.

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