Te escribo para no llamarte, para que mi mirada no caiga al suelo como un cigarrillo acabado.

Te cuento que a veces me pregunto imbecilidades como: ¿Q pasaría si en un segundo me convirtiera en pez y dejara de respirar?

Te confieso que a veces siento miedo, de ese que no puedes controlar y hasta hace que tus ojos segreguen lágrimas.

Te hablo de lo que siento,  a pesar de no querer sentirlo y en ocasiones actuar como si todo esto, no estuviera aquí.

Te creo si me dices que no entiendes, porque ni yo misma puedo hacerlo.

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