Limpiar mi cuarto de papeles preciosos pero que nunca más servirán para nada, son hojas aún nuevas, algunas casi sin rellenar de esas que tienen olor a perfume.
A penas ahora cuando me dí cuenta de que mi letra no se caía tanto cuando escribía en ellas, tengo que tirarlas y aún no sé muy bien porque; sólo sé que si me las quedo y sigo utilizándolas a la larga me será peor, me podré rasgar con ellas, me arrepentiré. Es por ello,
que ahora lucho por evitarlo.
Cada día voy tirando unas pocas pero en ocasiones al llegar al contenedor de reciclaje, no las
echo, quiero quedármelas , son mías y ellas tampoco quieren ser destruidas. A veces, noto como se pegan a la pasta del cuaderno o carpeta y se aferran a ella con todas sus puntas apretando con fuerza.
La verdad es que no sabía la cantidad de hojas olorosas que tenía hasta que no empecé a intentar deshacerme de ellas y es increíble, en ocasiones pienso que se reproducen.

Sé o quiero creer que acabaré tirando todas estas hojas, que algún día pensaré que son solo hojas con las que aprendí a escribir, con las que me dí cuenta de todo lo que puede encerrar algo tan pequeño e insignificante (aparentemente),con las que valoré cosas que antes no hacía… y me sentiré orgullosa y lista para empezar a escribir en unas nuevas hojas, diferentes pero con encanto; por aquello de ser nuevas. Quizá, en un principio, sin dibujo ni olor, simplemente en blanco, lisa y dispuesta para dejar que poco a poco seamos amigas, que creemos una confianza que nos permita estar cómodas para poder irla rellenando de frases largas que me hagan sentirla mía.

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